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La culminación de las vacaciones se acaba con la mañana de Reyes. Todos los adultos de las casas, la noche anterior, trabajamos de lo lindo para dejarlo todo preparado para hacer contentos a nuestros pequeños. Y cuando sale el sol, todos hacemos carreras despavoridos camino del comedor para encontrarnos los regalos. Ojos brillantes, sonrisa de oreja a oreja, y los dedos muy estirados para romper cajas y papeles de envolver con los múltiples presentes. ¡Qué bonito es ser pequeño el día de Reyes! ¿Y nosotros los adultos? ¿Disfrutamos tanto como los pequeños? ¿Lo hacemos por qué ellos están contentos o por qué todavía nos queda un niño pequeño dentro? Ahora vamos vestidos de mayores, nos creemos serios, estamos rígidos, y nos cuesta expresar nuestras emociones. La sociedad, el trabajo, las responsabilidades, la madurez nos van encarcelando a lo largo de los años. La mañana de Reyes, pero nos desprendemos de toda nuestra coraza para sentarnos de nuevo en el suelo del comedor y abrir aquella espontaneidad escondida que todavía nos queda. Hablando con naturalidad de las huellas de camello que hay en el balcón, o el agua que se han bebido los tres reyes, o “yo quería encontrármelos, mama”.

– A ti te traían regalos cuando eras pequeña?
– Si, hija. ¿A qué rey le quieres dar la carta? Cuál te gusta más?
– El rey rubio y el blanco llevan corona y tienen mucha barriga, y el rey negro lleva turbante y está muy delgado. Verdad que sí, mama?
– Ostras si, no me había fijado, bonita.

Para mí pueden ser bagatelas, pero para ella la diferencia entre los reyes parece que es muy importante. Y yo me amoldo a la inocencia infantil que queda dentro de mí y con la ilusión que recupero por verla feliz. Es entonces cuando me doy cuenta de que tengo que ejercitar y mimar esa inocencia perdida que he ido malogrando sin querer, pero que en los ojos de mi hija la vuelvo a recuperar. Y miro a otros padres y madres que hacen cola para dejar la carta a los tres magos y pienso: quizás el mundo sería más sencillo y tierno si dejáramos brotar el niño que llevamos todos dentro. Me lo he puesto como deberes emocionales de este año, ser más espontánea, más asilvestrada y feliz, recuperando la mirada inocente del niño que todavía conservo, y que mi hija me recuerda que tenía demasiado escondida. ¿Y vosotros, todavía mantenéis la inocencia de vuestro niño interior?

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Día de Reyes

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